Microrelatos para una despedida
/Por Ricardo Contreras Reyes/
¡Ágarrate bien del asiento!, me dijo mientras metía el dobladillo de su pantalón dentro del calcetín.
Me senté atrás como pude, aunque no alcancé a tocar con los pies los “diablitos”. En mis escasos tres años de edad, mi papá decidió regalarme un improvisado paseo dominical a Peñuela.
Mi madre alcanzó a decir:
¡Nomás no se tarden porque ya casi vamos a desayunar!
Gude se quedó parada en la cuneta para vernos partir. Apenas dimos las primeras rodadas cuando oímos su voz:
¡¡A ver que si se les pega una bolsa de pan!!
Don Froylán comenzó a pedalear lentamente su bicicleta azul; nos perdimos sobre la carpeta negra de la carretera federal, cuyo destino final es el Puerto de Veracruz.
Don Froy y yo, como Reyes del Carnaval, saludábamos con la mano a los vecinos que barrían su patio o regaban las flores de su jardín.
En la bajada, la “rodada 28” tomó velocidad y el viento fresco nos “pegó” de lleno en nuestras caras. Pasamos la curva (esa maldita curva causante de muchos accidentes). Muy cerca de La Calería, la famosa fábrica de calidra, la que consumió un cerro completo y fue la fuente de trabajo de nuestros abuelos, tíos y parientes, mi apá rompió el silencio:
-¡Acuérdate que sólo llegamos hasta las vías y de ahí nos regresamos, no nos da tiempo de saludar a tu abuelita Ángela¡
Asentí con la cabeza.
¿Me oiste?, insistió.
Le dije que sí pero mi voz se ahogó por el aire que entró por mi boca.
De regreso, Don Froy dio leves pujidos porque el tramo era de subida. A la derecha pude divisar la casa de madera de “Las Polleras”, las dos hermanas que a diario subían a “Rancho Nuevo” a vender pollo fresco en una cubeta de plástico.
Por fin llegamos a la casa. Mi abuela Martina salió a nuestro encuentro y me ordenó que me lavara las manos. Gude asomó medio cuerpo por la puerta y preguntó por su pan.
Don Froy escuchó la pregunta, mientras acomodaba la bicicleta en el porche. Luego sacó el pantalón del calcetín y se sacudió el polvo.
-¿Y mi pan?, insistió Gude.
Don Froy golpeó con las palmas de sus manos las bolsas de su pantalón y se las extendió a su mujer.
-Se me olvidó la cartera.
-ooo0ooo-
El viejo duerme esta noche o por lo menos lo intenta.
Hoy es cumpleaños de mi madre y quizás ya se le olvidó la fecha.
De pronto despierta abruptamente y me pregunta la hora.
-Son la 1.30 de la madrugada (con las manos le haga la mímica).
Asiente con su cabeza.
-Tranquilo, duérmete, le digo y le toco su mano.
Asiente de nuevo, sé que no me escuchó, pero entendió mis palabras.
Froylán Contreras López lleva 4 días, con sus respectivas noches, internado en el Hospital General del IMSS de Chihuahua. Es admirable la generosidad de la gente que se ha acercado a preguntar por su salud y de los que se ofrecen a cuidarlo. Mi hermano Froylán ha planeado un calendario de guardias y nadie ha dudado en ofrecer su ayuda.
El viejo intenta conciliar el sueño y se aferra con sus manos a los barandales metálicos de su cama. Emite pequeños quejidos, combinados de suaves ronquidos.
Tendrá 5 o 6 años que perdió la audición y desde entonces, nos comunicamos con él a través de mensajes de WhattsApp y de un pizarrón que le regaló mi sobrina Viridiana, hija de mi difunto hermano Víctor Manuel.
Se ha despertado de nuevo y no tiene sueño. Se muestra inquieto y lentamente se va deslizando de la cama hacia abajo, en un parpadeo tiene los pies “en el aire” y hay que volverlo a subir.
Cada vez va perdiendo la voz. Le pregunto- a través del pizarrón- que cómo se siente y me responde con su mano derecha cerrada y el pulgar hacia arriba.
-¿Te acuerdas cuándo vendiste tu bicicleta porque me enfermé de las anginas?, le vuelvo a escribir.
Mi papá mira hacia el techo y recuerda ese momento. Una lágrima escurre.
-Claro que lo recuerdo- suelta la frase con voz ronca en medio de un suspiro. Sonríe. Se queda callado, como si quisiera revivir aquellos momentos cuando su enfermizo hijo se puso mal de la salud y ante la falta de dinero, tuvo que vender su medio de transporte para ir a trabajar.

